La mañana no trajo luz; solo trajo un cambio en el color de las sombras. Me desperté sobre las mantas, todavía con la combinación de encaje de la noche anterior, con la piel erizada por los escalofríos. El ático estaba en silencio, ese silencio presurizado y caro que me hacía zumbar los oídos.
Intenté incorporarme, pero una ola de náuseas me invadió, más violenta que la del día anterior. No era solo un malestar estomacal; era una revuelta total del cuerpo. Apenas llegué al baño, mis rodillas go