tocador brillaban demasiado. Emitían un zumbido de baja frecuencia que vibraba directamente en mi cráneo, haciendo que la migraña tras mis ojos pulsara al ritmo de las bombillas parpadeantes. Me quedé perfectamente inmóvil mientras una mujer de cuyo nombre no me acordaba pintaba mi cara hasta convertirla en una máscara de felicidad.
Usó una esponja fría y húmeda para difuminar las ojeras grises bajo mis ojos: la evidencia física de la noche que había pasado en el suelo de una habitación cerrad