CAPÍTULO 18: EL AMANECER DE LAS CENIZASEl alba en el Lago de Como tiene un color que no parece de este mundo; es un rosa pálido, casi etéreo, que se filtra por las cortinas de seda de la Suite Presidencial como si temiera romper el silencio. Me desperté a las seis de la mañana, con el cuerpo pesado por el rastro del alcohol de la noche anterior, pero con la mente extrañamente despejada.No me moví. Me quedé allí, respirando el aire frío de la habitación, sintiendo el calor sólido que emanaba del hombre a mi lado. Alexander estaba profundamente dormido, algo que nunca lo había visto hacer. Su guardia, esa muralla de granito que siempre lo rodeaba, se había desmoronado en el sueño.Me apoyé sobre un codo para observarlo. De cerca, Alexander Volkov no parecía el monstruo que había comprado mi vida. Su mandíbula, siempre tensa y lista para la guerra, estaba relajada. Sus pestañas oscuras descansaban sobre sus pómulos, y su respiración era rítmica, profunda. Por un momento, olvidé el con
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