La puerta se cerró tras Lucien. El silencio que quedó fue peor que la pelea. Sofía temblaba en la cama, cubierta apenas por la sábana, y Michel permanecía de pie, rígido, con la respiración pesada, como un animal contenido a punto de estallar.Al fin habló, con una voz grave que no era rabia, sino una confesión seca:—Te necesito conmigo. Pero eres libre, Sofía. Si lo que buscas está en otro lado, vete.Sofía lo miró con los ojos enrojecidos, la sábana resbalando lentamente de su hombro desnudo. Había miedo, sí, pero también un ardor que no podía sofocar.A pesar de todo, lo seguía deseando con la misma devoción ciega que desde el primer día.—No me iré —dijo al fin, con un susurro que fue promesa y condena a la vez. Sofía sostuvo la mirada un segundo más, como si necesitara convencerse a sí misma antes que a él.No era valentía lo que la mantenía allí, sino una mezcla peligrosa de apego y desafío. Sabía que quedarse tenía un precio, y aun así lo aceptaba. No porque ignorara el riesgo
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