El aire en el pasillo era tan denso que parecía vibrar, como si las paredes mismas contuvieran el aliento. Michel permanecía erguido, con la mirada fija en Fanny.
El rugido de segundos atrás todavía resonaba en el eco del edificio, pero ya no había rastro de furia en su rostro: solo calma, esa calma helada que usaba como arma.
—Escúchame —dijo, su voz grave, modulada, casi paternal—. No dejes que mis palabras ni las de él sean tu carga. Solo dame la oportunidad de mostrarte quién soy realmente.