La ciudad había terminado por tragar el eco del pasillo. Afuera, las luces de la facultad se apagaban de a poco, como si alguien fuera bajando un dimmer invisible sobre todo lo que había ocurrido esa noche.
Andréi ya no estaba en el edificio. Se había ido con Lucien sin mirar atrás, arrastrando consigo el sabor amargo de la derrota y la rabia contenida.
En algún punto de la ciudad —otro barrio, otra habitación anónima— dos antiguos cazadores empezaban a trazar estrategias en voz baja, lejos de