El convoy salió de la mansión al amanecer.Tres vehículos blindados: uno delante, el de Alejandro y Lia en el centro, y otro detrás. Mateo viajaba en su silla de seguridad entre ellos, dormido plácidamente, ajeno al caos que rodeaba su corta vida.Lia iba con la mano sobre la sillita del bebé, mirando por la ventana tintada. Su rostro reflejaba agotamiento y miedo.—¿Cuánto tiempo vamos a vivir huyendo? —preguntó en voz baja.Alejandro, sentado a su lado, apretó su mano.—No es huir. Es protegerlos. La casa segura está a una hora de la ciudad, en una zona privada con vigilancia constante. Solo nosotros tres, dos guardias de máxima confianza y Rosa. Nadie más.Lia miró a Mateo y acarició su mejita.—Quiero que tenga una vida normal. Parques, amigos, risas… no convoyes blindados y casas fortificadas.Alejandro se inclinó y besó su sien.—Lo tendrá. Te lo prometo. Primero terminamos con Camila y con quien la ayuda. Luego volvemos a la mansión y construimos la vida que merecemos.El traye
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