El convoy salió de la mansión al amanecer.
Tres vehículos blindados: uno delante, el de Alejandro y Lia en el centro, y otro detrás. Mateo viajaba en su silla de seguridad entre ellos, dormido plácidamente, ajeno al caos que rodeaba su corta vida.
Lia iba con la mano sobre la sillita del bebé, mirando por la ventana tintada. Su rostro reflejaba agotamiento y miedo.
—¿Cuánto tiempo vamos a vivir huyendo? —preguntó en voz baja.
Alejandro, sentado a su lado, apretó su mano.
—No es huir. Es protege