Alma Nova murió una mañana de abril, a los setenta y nueve años.Fue una muerte tranquila, en su cama, rodeada de sus hijos, nietos y bisnietos. La lluvia caía suave afuera, como si el cielo supiera que era el momento adecuado. En sus últimos días había pedido que dejaran las ventanas abiertas para escuchar el agua.Su última palabra fue un susurro que solo Luna Rosa alcanzó a oír:—Diles… que no bailen.Después de su entierro, Luna Rosa cumplió la última voluntad de su madre. Viajó sola a las montañas y se detuvo en el límite del Refugio Verde. No entró. Solo se quedó allí, bajo una llovizna ligera, con una urna pequeña en las manos.—Ella te dejó esto —dijo en voz alta.Abrió la urna y esparció las cenizas de Alma Nova sobre la tierra, justo fuera del círculo, donde terminaba el bosque y empezaba el camino real.El flamboyán grande se movió.Las hojas temblaron todas al mismo tiempo, aunque no había viento fuerte. Y por primera vez en más de doscientos años, la voz de Valeria sonó q
Leer más