Diez años después.
Alma Nova tenía treinta y tres años y una vida que desde afuera parecía perfecta: un matrimonio estable, una hija de doce años llamada Luna Rosa y un trabajo como terapeuta infantil en Santo Domingo. Pero por dentro, seguía siendo la niña que salió del bosque con una hoja blanca grabada en la pierna.
La marca nunca había desaparecido. Al contrario, con los años se había vuelto más sensible. Cada vez que se acercaba la temporada de huracanes, la hoja palpitaba como un segundo