La habitación privada del hospital era demasiado blanca, demasiado silenciosa, demasiado impecable como para resultar tranquilizadora. Las sábanas recién cambiadas conservaban el olor frío del desinfectante, la luz tenue de la lámpara junto a la cama dibujaba sombras suaves sobre las paredes, y detrás de las ventanas selladas la ciudad seguía avanzando con su indiferencia habitual, como si el mundo no supiera que dentro de aquella habitación una mujer intentaba, sin éxito, convencer a su propio cuerpo de que ya estaba a salvo.Valeria permanecía sentada sobre la cama, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas con una fuerza casi dolorosa, como si aferrarse a sí misma fuera la única forma de no desmoronarse por completo. No había cadenas, no había humedad filtrándose desde el concreto, no existía aquella puerta de acero al final de unas escaleras que había aprendido a temer más que a la muerte. Y sin embargo, cada rincón del silencio seguía pareciéndole una am
Leer más