La mañana llegó sin verdadero descanso. Valeria no recordaba en qué momento exacto el llanto de la noche anterior se había convertido en agotamiento, ni cuándo el cansancio había logrado imponerse, aunque fuera por unas horas, sobre el miedo. Al abrir los ojos, sintió esa clase de fatiga que no nace de la falta de sueño sino de haber sostenido durante demasiado tiempo el peso insoportable de una vida rota. La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las cortinas del hospital con una suavidad