La habitación privada del hospital era demasiado blanca, demasiado silenciosa, demasiado impecable como para resultar tranquilizadora. Las sábanas recién cambiadas conservaban el olor frío del desinfectante, la luz tenue de la lámpara junto a la cama dibujaba sombras suaves sobre las paredes, y detrás de las ventanas selladas la ciudad seguía avanzando con su indiferencia habitual, como si el mundo no supiera que dentro de aquella habitación una mujer intentaba, sin éxito, convencer a su propio