Sofía lo encontró en la terraza del hospital cuando el amanecer todavía no era más que una insinuación gris sobre los tejados de la colonia. Él estaba de espaldas a la puerta, con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos y la mirada fija en la ciudad que se extendía abajo como un mapa de luces que no le pertenecían a nadie en particular. Ella llevaba un expediente grueso bajo el brazo, uno de esos que pesan más por lo que contienen que por el papel en que están impresos, y cuando se detuvo a