La palabra madre hizo lo que ningún golpe había podido hacer: arrancó la última capa de control que le quedaba a Rodrigo Castellanos con una limpieza casi quirúrgica. El cambio fue inmediato y brutal, como si alguien hubiera tirado de un hilo invisible que sostenía toda la arquitectura de su compostura, y aquella arquitectura se hubiera derrumbado hacia adentro en lugar de hacia afuera. Su rostro quedó suspendido durante un segundo en una expresión vacía, sin ninguno de los recursos habituales