La negrura que emanaba de mi propio pecho no era aire, era un hambre antigua que devoraba la luz del día y convertía la nieve del Glaciar Eterno en ceniza antes de que tocara el suelo. Me sentía expandirme, mis sentidos agudizados hasta un punto doloroso, percibiendo cada latido, cada rastro de miedo y cada gramo de deseo que flotaba en ese campo de batalla helado. Mi corona de espinas líquidas se había solidificado en una diadema de obsidiana que vibraba con una frecuencia que hacía sangrar los oídos de los guerreros más débiles. Kael retrocedió, su luz dorada parpadeando como una vela a punto de ser sofocada por una tormenta de petróleo. Sus ojos blancos, antes llenos de una arrogancia divina, ahora reflejaban una duda mortal. Él, el "santo" del hielo, el primogénito perfecto, no era más que una mota de polvo frente a la marea de sombras que yo había invitado a mi alma. —¿Qué has hecho, Lia? —su voz, antes melodiosa, ahora era un graznido de terror—. Has abierto la puerta que Se
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