El frío del glaciar ya no me quemaba; ahora, yo era el frío. La visión de Valerius, mi mentor, reducido a una marioneta encadenada y con esa marca de esclavo de sangre en el cuello, hizo que algo en mi interior terminara de romperse. La esencia esmeralda que sostenía en sus manos temblorosas pulsaba con una luz maligna, un recordatorio de que mi padre y el Consejo no buscaban paz, sino una legión de monstruos que no pudieran sentir dolor.
Sentí la mano de Damián en la base de mi espalda. Sus