Kael. —Damián —dijo Kael, y su voz no era un rugido, sino una melodía perfecta que hizo que los lobos de mi manada aullaran de sumisión involuntaria—. Has cuidado bien de mi herencia. Pero el tiempo de las sombras ha terminado. La verdadera Luna ha despertado, y ella no pertenece a un Alfa que se esconde en las cuevas. Kael caminó hacia nosotros sobre la nieve, y donde sus pies tocaban el suelo, el hielo se derretía instantáneamente, dejando paso a una hierba verde y flores de invierno que no deberían existir. Era un poder de primavera en medio del apocalipsis. Damián dio un paso al frente, su espada en alto, pero su brazo temblaba. —Kael, detente. La Ciudadela ya ha sufrido suficiente. Si quieres el trono, hablemos, pero deja a Lia fuera de esto. Kael soltó una risa suave, una risa que me hizo sentir pequeña e insignificante. —¿Dejarla fuera? Ella es la razón por la que he vuelto del vacío, hermano. Ella es la portadora de la esencia que me fue arrebatada. Solo unidos, el
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