La negrura que emanaba de mi propio pecho no era aire, era un hambre antigua que devoraba la luz del día y convertía la nieve del Glaciar Eterno en ceniza antes de que tocara el suelo. Me sentía expandirme, mis sentidos agudizados hasta un punto doloroso, percibiendo cada latido, cada rastro de miedo y cada gramo de deseo que flotaba en ese campo de batalla helado. Mi corona de espinas líquidas se había solidificado en una diadema de obsidiana que vibraba con una frecuencia que hacía sangrar lo