El aire en la cima de la montaña se volvió denso, una mezcla de ozono y el hedor a rancio del poder político. Silas, el hombre que me dio la vida solo para usarla como moneda de cambio, permanecía frente a nosotros con una calma que me revolvía el estómago. A su alrededor, los Alfas Supremos, con sus armaduras doradas reluciendo bajo el sol pálido, formaban un muro de autoridad que hacía que mis victorias recientes parecieran juegos de niños.
Damián no retrocedió. Sentí su cuerpo vibrar contr