El dolor del acero de Silas en mi hombro era una nota aguda en una sinfonía de caos, pero el calor de las manos de Damián sosteniéndome era el único ritmo que mi corazón aceptaba seguir. El mundo a nuestro alrededor se estaba deshaciendo; el Glaciar Eterno gemía bajo el peso del vacío que yo, en mi arrogancia y desesperación, había terminado por liberar. La luz blanca que emanaba de mi pecho era cegadora, una pureza violenta que contrastaba con la sangre oscura que empapaba mi túnica hecha jiro