La nieve derretida bajo mis pies se sentía como el llanto de una tierra que por fin respiraba, pero el aire seguía oliendo a traición. Frente a mí, aquel joven de capa roja —el supuesto heredero de una manada exterminada— sostenía una sonrisa que me recordaba demasiado a la política barata de los Alfas Supremos. Y a su lado, ella. La mujer que había sido la sombra de mi calvario, la amante que disfrutó mi destierro, ahora tensaba su arco con una mano temblorosa, apuntando directamente a mi pech