La lucha que siguió fue una danza macabra. La impostora invocaba fragmentos de hielo que cortaban como diamantes, mientras yo tejía redes de sombras para atraparlos. Damián se movía como un rayo de fuego negro, su espada cortando las criaturas que ella enviaba para distraernos. La sensualidad de la batalla, ese intercambio de miradas y movimientos perfectamente coordinados entre Damián y yo, era lo único que nos mantenía cuerdos.
En un momento de la refriega, la impostora logró aislarme. Creó