Los Supremos desenvainaron sus armas al unísono. Silas retrocedió, su rostro finalmente mostrando una sombra de duda. Damián se puso en guardia, su loba interna aullando de júbilo ante la perspectiva de una masacre.
—Entonces has elegido la muerte —dijo el Supremo de oro.
La batalla que se desató no se pareció a nada de lo que habíamos vivido antes. Los Supremos no luchaban como guerreros, luchaban como dioses. Sus espadas invocaban rayos de sol sólido, y sus escudos eran muros de voluntad