La mirada de mi propio reflejo me devolvió un odio que no sabía que existía. Aquella mujer que decía ser mi hermana, nacida de la fragmentación de la Fuente, se movía con una cadencia que imitaba la mía, pero cargada de una lascivia gélida que hacía que el aire a nuestro alrededor se volviera irrespirable. Su rostro era mi rostro, pero sus ojos plateados carecían de la chispa de humanidad que Damián había encendido en mí.
Damián dio un paso al frente, su espada de obsidiana aún humeando por l