La luz de la luna, esa misma que antes me parecía un juez implacable, entraba ahora por el ventanal del gran salón como una aliada silenciosa. El aire estaba cargado con el olor a cera quemada, incienso y ese aroma masculino, terrenal, que emanaba de Damián. Era una mezcla de cuero y tormenta que solía hacerme temblar de miedo, pero que ahora solo lograba encender una chispa de anticipación en el centro de mi pecho. Él estaba allí, de rodillas en el centro de la alfombra carmesí, despojado de su armadura, de su orgullo y de la máscara de invulnerabilidad que había portado durante años. Sus manos, las mismas que alguna vez firmaron mi destierro sin que le temblara el pulso, ahora apretaban con fuerza los bordes de mi túnica de seda. Su cabeza estaba inclinada, exponiendo la nuca en un gesto de sumisión que habría sido impensable meses atrás. —Mírame, Damián —ordené. Mi voz no era un grito, era un susurro cargado de una autoridad que no necesi
Ler mais