El aire en el patio de la fortaleza era denso, saturado con el hedor de la magia de ceniza y la estática que precede a una ejecución. Ver a Garek colgado de las murallas, con la carne chamuscada por esas cadenas de fuego violeta, rompió algo dentro de mí que ni siquiera el exilio había logrado tocar. Mi lealtad hacia los parias era lo único puro que me quedaba, y Tania lo estaba usando para decorar su carnicería. Me detuve frente a la horda, mi espada de cristal proyectando destellos plateados que cortaban la bruma. A mi derecha, Tania lucía una armadura de hueso que parecía succionar la luz del sol. A su izquierda, Kaelen, o lo que sea que habitara ahora el cuerpo del anciano Silas, me observaba con una sonrisa que no era humana. Pero mi instinto no estaba allí. Estaba en el bosque, en la cabaña, donde había dejado a un hombre desangrándose y con el corazón expuesto. —Has caído en la trampa más vieja del mundo, Lia —siseó Tania, dando un paso adelante. Su voz tenía un eco metálico,
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