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El frío de la noche en la Cordillera de Plata no se comparaba con el hielo que comenzó a cristalizarse en mi pecho cuando vi a Damián entrar al Gran Salón. No venía solo. Su mano, esa mano que una vez delineó mi rostro con una ternura que creí eterna, rodeaba con posesividad la cintura de Tania. Ella sonreía, una curva cruel y victoriosa que me gritaba que mi tiempo como la elegida del Alfa había terminado antes de empezar.
Yo estaba allí, de pie junto al estrado, luciendo el vestido blanco que la tradición exigía para la Ceremonia de Unión. Se suponía que esta noche, ante la luz de la luna llena, nuestras almas se entrelazarían formalmente. Mi loba, Lyra, rasguñaba mis costillas con una ansiedad frenética. Ella también lo sentía: el aroma de Damián ya no olía solo a bosque y tormenta, estaba contaminado por el perfume floral y empalagoso de Tania. —Lia —su voz resonó en el silencio sepulcral del salón. No había calidez en su tono, solo una autoridad fría que me hizo retroceder un paso—. No te acerques más. El murmullo de los miembros de la manada se detuvo en seco. Cientos de ojos estaban fijos en nosotros. Mis padres, sentados en la primera fila, palidecieron. Pude ver a mi padre apretar los puños, pero contra un Alfa, un guerrero de nacimiento no tenía oportunidad. —Damián, ¿qué significa esto? —logré decir. Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. El orgullo era lo único que me quedaba en ese momento—. Los ancianos están esperando. La luna está en su cenit. Es hora de la unión. Él soltó a Tania y caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que siempre me había fascinado. Se detuvo a escasos centímetros. Pude ver las motas doradas en sus ojos oscuros, pero ya no me miraban con el deseo de quien encuentra a su mitad. Me miraban con la indiferencia de quien descarta un objeto que ha dejado de ser útil. —No habrá unión contigo, Lia —dijo, lo suficientemente alto para que cada rincón del salón lo escuchara—. Una manada como la mía necesita una Luna fuerte, una mujer que aporte poder y alianzas estratégicas. Tú... tú solo eres la hija de un rastreador. Tu loba es pequeña, tu linaje es ordinario. He pasado meses intentando convencerme de que el destino no se equivoca, pero me doy cuenta de que eres un error de la naturaleza. El aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado en el estómago. El dolor físico de sus palabras fue tan real que sentí el sabor metálico de la sangre en mi lengua. Me había mordido el labio para no gritar. —¿Un error? —susurré, con el corazón martilleando contra mis oídos—. Damián, somos compañeros. El vínculo... tú lo sentiste. Lo sentimos desde que cumplí los dieciocho. Me dijiste que me amabas. Él soltó una carcajada seca que me heló la sangre. Tania se acercó de nuevo y se apoyó en su hombro, mirándome con lástima fingida. —El amor es para los débiles, Lia. Un Alfa ama su poder. Tania es la hija del Alfa de la Manada del Norte. Nuestra unión traerá paz y un ejército que nadie podrá desafiar. Tú solo traes debilidad. Me obligué a mirar a Tania. Ella no era una "compañera" por destino; era un contrato de negocios. Damián estaba rompiendo las leyes más sagradas de nuestra especie por ambición. Estaba rechazando el regalo de la Diosa Luna por un puñado de tierras y soldados. —No puedes hacer esto —dije, y esta vez mi voz tembló de pura rabia—. El vínculo no se puede romper sin consecuencias. Si me rechazas, te desgarrarás a ti mismo. Damián entrecerró los ojos. Por un momento, vi una sombra de duda, un destello de dolor cruzando sus facciones. El vínculo estaba tirando de él, rogándole que no cometiera esa locura. Pero entonces, Tania le susurró algo al oído y su expresión se endureció, convirtiéndose en piedra. —Observa cómo lo hago —sentenció. Él se enderezó, infló el pecho y liberó su aura de Alfa, una presión invisible que obligó a muchos a bajar la cabeza. Menos a mí. Me mantuve erguida, aunque sentía que mis huesos iban a romperse bajo el peso de su poder. —Yo, Damián Volkov, Alfa de la Manada de Plata, te rechazo a ti, Lia Silva, como mi compañera y futura Luna —su voz retumbó como un trueno, cargada de una intención mágica que hizo que el ambiente vibrara—. Corto el lazo que nos une. Renuncio a ti. No eres nada para mí. No eres nada para esta manada. En ese instante, algo dentro de mí estalló. No fue un grito, fue un crujido sordo, como si una cuerda tensada al máximo se hubiera partido en mil pedazos. Sentí un fuego abrasador recorrer mis venas, partiendo desde mi corazón hacia mis extremidades. Mi loba soltó un aullido de agonía que me desgarró la garganta, aunque mis labios permanecieron cerrados. Caí de rodillas, golpeando el mármol frío. Mis manos se clavaron en el suelo mientras intentaba respirar, pero el aire se sentía como ceniza. El dolor del rechazo de un Alfa no era solo emocional; era una mutilación del alma. Era como si me hubieran arrancado una parte de mi propia existencia sin anestesia. Escuché los jadeos de horror de la gente. El rechazo de una pareja destinada era algo casi inaudito, una tragedia que solía terminar en locura o muerte para el rechazado. —¡Mírenla! —gritó Tania, señalándome con desprecio—. ¿Esta es la mujer que querían como Luna? Patética, arrodillada y débil. ¡Ni siquiera puede sostener el dolor del Alfa! Damián me miró desde arriba. Por un segundo, vi un rastro de culpa en sus ojos, pero lo borró rápidamente con una máscara de crueldad. —Sáquenla de aquí —ordenó a los guardias—. Lia Silva ya no pertenece a este territorio. Está desterrada. Tiene hasta el amanecer para cruzar la frontera. Si la vuelvo a ver después de eso, será tratada como una intrusa. Y los intrusos son ejecutados. Los guardias, hombres con los que yo había crecido, con los que había compartido comidas y entrenamientos, se acercaron con indecisión. Pero la orden del Alfa era ley. Me tomaron de los brazos con rudeza y me pusieron de pie. Mi visión estaba borrosa por las lágrimas de agonía, pero logré enfocar el rostro de Damián una última vez. No le rogué. No le pedí clemencia. El dolor estaba empezando a mutar en algo más oscuro, algo más pesado que el plomo. —Algún día —dije, con la voz rasgada, cada palabra costándome un esfuerzo sobrehumano—, te darás cuenta de que lo que rechazaste no fue a una loba débil, sino a tu propia salvación. Algún día, Damián, estarás de rodillas frente a mí, y yo seré quien decida si mereces respirar. Él soltó una carcajada burlona, pero no llegó a sus ojos. —Llévensela. Que el bosque se encargue de ella. Los guardias me arrastraron fuera del salón, pasando por delante de mis padres, que lloraban en silencio, impotentes ante el poder del Alfa. Me sacaron al frío de la noche, bajo la misma luna llena que debía haber bendecido mi boda. Me arrojaron al suelo lodoso fuera de las puertas principales de la aldea. —Vete, Lia —susurró uno de los guardias, el joven Marcos, con una mirada de pura pena—. No vuelvas. Si te quedas, te matará. Las puertas se cerraron con un estruendo metálico que selló mi destino. Me quedé allí, en la oscuridad, con el vestido de novia manchado de barro y el alma rota en pedazos. Mi loba, Lyra, estaba en silencio, ovillada en un rincón de mi mente, gimiendo de dolor. El vínculo que nos mantenía cuerdos se había transformado en una cicatriz sangrante. Me puse de pie con dificultad. Cada paso era una agonía, cada latido del corazón una tortura. Miré hacia el bosque denso y oscuro que rodeaba el territorio de la manada. Sabía que sin la protección de la manada, una loba solitaria y herida era presa fácil para los rebeldes, los pícaros o incluso los depredadores naturales. Pero mientras me internaba en la maleza, bajo la luz de una luna que ahora me parecía una extraña, una chispa de algo nuevo comenzó a arder en el fondo de mi desesperación. No era esperanza. Era un odio puro, frío y calculador. Damián me había quitado mi hogar, mi familia y mi futuro. Me había dejado por muerta en el barro. Pero mientras caminaba hacia lo desconocido, con el frío calándome hasta los huesos, hice una promesa que el mismo cielo escuchó. Sobreviviría. No por amor a la vida, sino para ver el momento en que el reino de Damián Volkov se convirtiera en cenizas bajo mis pies. Él quería una Luna de poder. Pues eso es exactamente lo que obtendría, aunque para ello tuviera que quemar el mundo entero.






