Alfonso, al no encontrar tiempo y, según sus propias palabras, no tener buen gusto para organizar fiestas de compromiso, le pidió a su novia Patricia que le ayudara con la organización.La mujer siguió las indicaciones al pie de la letra: nada demasiado extravagante, ni muy costoso; que se viera elegante, pero sin que pareciera que tiraban el dinero.Mientras terminó de leer la lista de invitados y confirmó el menú con el servicio de catering, volteó a ver a su novio. Tenía una pregunta en la punta de la lengua, pero la contuvo unos segundos más. Sus dedos repasaron el borde de la carta sin prisa.—¿No te gusta? —preguntó al fin, señalando el plato con un gesto de la barbilla.Alfonso llevó un trozo de carne a la boca. Masticó dos veces, despacio, como si evaluara cada textura. Dejó el tenedor sobre el plato con un golpe seco y se limpió los labios con la servilleta.—Está bien. Cumple su función —dijo, y volvió a tomar el tenedor.Patricia solo asintió. Una sonrisa pequeña se dibujó
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