Lena se miró por última vez frente al espejo del clóset.
El vestido azul medianoche le quedaba perfecto. La seda le caía por el cuerpo como una caricia fría. El escote en pico dejaba ver lo justo. El tajo lateral se abría apenas cuando movía la pierna. Se pasó las manos por las caderas para alisar la tela, aunque no tenía arrugas.
El peinado le había tomado veinte minutos. Un recogido bajo, despeinado con intención, con unos mechones sueltos que le enmarcaban la cara. Se tocó uno de ellos, lo e