Harper reprimía el asco profundo que le provocaba el contacto de De Santis en su mejilla. Los dedos del hombre, fríos y ásperos, se deslizaron por su piel con una lentitud calculada que le erizó los vellos de la nuca. Aunque, si era del todo objetiva consigo misma, el mafioso tocó muchísimo más que eso durante toda la noche. El tipo poseía una mente retorcida, perversa, que disfrutaba con la humillación ajena. Ella, en un intento desesperado por mantenerse con vida en esa guarida, gastó hasta su último recurso de seducción; forzó risas, fingió placer y moldeó su cuerpo a los caprichos del heredero de la mafia con tal de no recibir un tiro en la frente. El imbécil, después de darle una bofetada leve y aspirar una línea de polvo blanco sobre la mesa de cristal, le confesó con cinismo que si la tenía ahí, bajo su custodia, era solo para darle una lección ejemplar a Alán Montoya. El casino no bastaba; quería herir su orgullo. Harper cargaba con muchos defectos en su historial, pero un
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