En la mañana, Alán se levantó de la cama con un cuidado absoluto, atento a cada movimiento para no despertar a Lena. La observó un segundo entre las sábanas revueltas; se veía tan hermosa, delicada, que resultaba casi imposible asociarla con la tormenta de la noche anterior. Mientras se metía en la regadera, el agua caliente le quitó la pereza de los músculos. Pasó el jabón por su cuerpo con pasadas firmes, pero la mente le jugó una mala pasada: la imagen de esos labios entreabiertos por el placer y el recuerdo de ese coño húmedo, repleto de su propio semen, le provocó una erección instantánea y dolorosa. —Mierda —masculló entre el vapor del baño. Apoyó ambas manos contra el azulejo frío y dejó que el chorro le cayera directo en la nuca. Sentía que, al principio, su relación con Lena avanzaba con pasos lentos, calculados y medidos, pero ahora los dos parecían correr cuesta abajo sin mirar atrás. Lo curioso era que, en lugar de asustarle ese ritmo frenético, el pulso se aceleraba
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