Todo se volvió oscuridad, un vacío denso que devoró el sonido del motor y el llanto desesperado de Lena. El dolor lacerante por la herida de bala desapareció por completo, sustituido por una ligereza extraña, casi sacada de un cuento. De pronto, la negrura cedió y Alán se vio a sí mismo en el pasado: un niño no mayor de cuatro años, refugiado en los brazos cálidos de su madre. El recuerdo trajo consigo una paz amarga, una nostalgia que le estrujó el corazón. «Cuando mi mamá sepa esto... espero que tenga la suficiente fortaleza», se dijo Alán en su propio fuero interno; el remordimiento de abandonarla de esa manera le caló hondo. Mientras contemplaba esa vieja imagen de su infancia, se percató del cabello despeinado del niño, de sus mejillas regordetas y de sus ojos grises almendrados, idénticos a los que ahora se cerraban en la camioneta. Una idea inesperada y dolorosa le surgió en medio del trance, un anhelo que se truncó antes de nacer. «Sí, estoy muerto. Eso significa que nun
Leer más