Cuando Paty entró a la oficina y le contó a Alán lo que acababa de escuchar de la voz de Lía, el aire del despacho pareció evaporarse.
Él la escudriñó con atención absoluta, fijo en el rostro desencajado de la exnovia de su hermano; una parte de su cerebro se aferró a la negación y quiso creer que se trataba de una broma cruel, de un malentendido absurdo de mujeres asustadas. El pulso, hasta ese segundo calmado, le dio un vuelco violento en el pecho.
—No te entiendo —le dijo, pasmado, con pape