La mano de Abel se estiró con una lentitud aterradora; en ella portaba un arma de alto calibre, pesada y de un negro mate que absorbió la escasa luz del lugar. Sin desviar los ojos verdes de su rival, elevó el cañón y le apuntó a Alán de forma directa en la frente.
No iba a disparar, en realidad quería ver si ese hombre seguía con la misma firmeza o si eso bastaba para doblegarlo.
La fría amenaza del metal desafió la resistencia del empresario, quien no parpadeó a pesar de la inminencia de l