Capítulo 78. La caída de la corona.
Eugenia sentía que el oxígeno del comedor se volvía escaso. Sus manos, siempre firmes, se hundían en la tela de su costoso traje sastre, apretando los puños hasta que sus nudillos blanquearon. El silencio que siguió a la orden de Nicodemo fue una tortura pública. Las empleadas, que se habían quedado en el umbral de la cocina, observaban. El pequeño Leo la miraba con una curiosidad que ella sentía como una burla.Pero lo peor era Héctor. Su hijo estaba de pie, con la mandíbula rígida y la mirada cargada de un desprecio que le dolía más que cualquier insulto.—Estamos esperando, madre —siseó Héctor. Su voz era un recordatorio implacable de que su paciencia se había agotado.Eugenia miró a Leonella. La vio ahí, de pie, con su ropa sencilla y su rostro limpio, luciendo una dignidad que no necesitaba de apellidos ni de diamantes. "Esta humillación me la vas a pagar, Leonella", pensó Eugenia, sintiendo cómo el odio se le enroscaba en el estómago como una serpiente. "Tú, Héctor, y este basta
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