Capítulo 74. El asalto al nido.
El coche blindado cruzó los portones de hierro de la mansión De la Vega con la precisión de un tanque entrando en territorio conquistado. Héctor no soltó la mano de Leonella en todo el trayecto. Sus dedos eran una garra de hierro que le recordaba a cada segundo que la libertad de la cabaña había muerto.
—Llegamos —sentenció Héctor. Su voz no era una invitación, era un hecho.
Leonella miró por la ventanilla. La fachada de piedra y las columnas de mármol le parecieron los barrotes de una celda de