El viento helado del mediodía silbaba entre las ramas desnudas de los robles del parque privado del ala médica.Lo que debía ser un santuario de tregua para los mellizos se había transformado, en cuestión de minutos, en una emboscada brutal.Azuzados por las filtraciones de Serena y la polémica fotografía del restaurante, un grupo de paparazzis y reporteros de la prensa rosa había burlado el perímetro de control secundario.Detectando el cochecito doble donde descansaban Julian y Luvia bajo el cuidado de una de las enfermeras del hospital.¡Clic, clic, clic!Los destellos de las lentes ópticas estallaban a escasamente un metro de la capota de lona gris.Los niños, despertados bruscamente por el asedio y el murmullo violento de la multitud, comenzaron a llorar al unísono, un llanto agudo que desgarraba el aire del jardín.—¡Una toma del rostro del niño! —gritaba un fotógrafo, empujando su cámara de alta definición hacia el interior del cochecito—. ¡Queremos comprobar si realmente tiene
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