La oficina de la dirección de Tiempo Recobrado permanecía en un silencio sepulcral, roto únicamente por el rítmico parpadeo de las pantallas de seguridad que vigilaban los accesos al edificio.Sentada frente a su escritorio de ébano, Seraphina Sinclair observaba una ampolla de vidrio sellada al vacío que descansaba sobre un paño de terciopelo negro.La luz de la luna, filtrándose por los amplios ventanales, arrancaba destellos plateados al metal de su gubia de titanio.Su rostro, frío e inmutable, no reflejaba la tormenta que acababa de desatar en las sombras del sistema judicial.La puerta se abrió con un movimiento fluido.Daniel entró en el despacho, despojándose de su auricular de comunicación encriptada.Su expresión, habitualmente imperturbable, arrastraba la fatiga de quien ha ejecutado una operación al límite de la legalidad.—Está hecho, Sera —dijo Daniel, su voz era un murmullo bajo que apenas alteró el aire de la habitación—. El laboratorio central de la Fiscalía General ha
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