El rugido de la tormenta de invierno golpeaba con furia los ventanales de la Torre Blackwood, pero dentro del taller provisional del ala norte, el único sonido era el siseo agónico del soplete de precisión que Seraphina sostenía entre sus dedos temblorosos.El reloj digital sobre la repisa marcaba las dos de la madrugada.Habían pasado apenas veinticuatro horas desde su arrolladora victoria técnica sobre Serena en el Salón de Gala del Club Metropol, pero el precio del triunfo fénix estaba cobrando su factura más cruda.Seraphina vestía su suéter de punto negro, pero sus hombros, habitualmente rectos e inquebrantables, se mantenían encorvados sobre el bloque de cera de modelado.Una capa de sudor frío le perlaba la frente, y sus ojos grises, fijos en la gubia de titanio, luchaban por enfocar las líneas del mecanismo de cierre de la colección de París.Su respiración era corta, caliente, y un escalofrío violento le recorrió la columna, obligándola a soltar la herramienta, que rodó por e
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