El Palacio de Justicia era un bloque de granito y hormigón que parecía diseñado para aplastar las emociones humanas bajo el peso de la burocracia.
El aire en la sala de audiencias del Juzgado Tercero de Familia era denso, saturado del olor a papel viejo, cera para madera y la tensión invisible de cientos de matrimonios que habían ido a morir entre esas cuatro paredes.
A las nueve en punto de la mañana, las puertas dobles se abrieron.
Ambos llegaron puntuales, con la precisión cronométrica de do