El ático de la Torre Blackwood permanecía sumido en una penumbra glacial.
Las pantallas táctiles de la oficina presidencial arrojaban ráfagas de luz azulada sobre las paredes de concreto pulido, pero el hombre que se sentaba detrás del escritorio de caoba no registraba los movimientos de los mercados.
Alaric Blackwood sostenía un vaso de cristal tallado con whisky escocés, observando cómo el hielo se derretía con exasperante lentitud.
En su mano derecha, la venda blanca que cubría los cortes pr