—Sube —ordenó Dominic, con una voz baja pero cargada de peligro.—¡Suélteme, señor! —gritó Arabella, forcejeando para liberarse. Con su mano libre intentó apartar la mano de Dominic, que le apresaba la muñeca con fuerza. Pero fue inútil; Dominic era demasiado fuerte.—¡Señor, suélteme! ¡Ya le dije que quiero irme a casa! ¡Renuncio a mi trabajo! ¡No quiero tener nada más que ver con usted! —chilló Arabella, con la voz entrecortada por una explosión de emociones.Pero Dominic no le hizo caso. Con la mano que le rodeaba la muñeca, arrastró aquel cuerpo menudo lejos de la verja, hacia el coche negro estacionado en el patio.—¡¿Es que no me oye, señor?! ¡Suélteme! —suplicó Arabella una y otra vez, pero a Dominic no le importó.Dominic abrió la puerta del copiloto. Con la otra mano empujó el hombro de Arabella; no fue un empujón brusco, pero sí firme, obligándola a entrar en el vehículo.Bella se resistió. Su pequeño cuerpo intentó oponerse, plantando los pies en el suelo mientras su
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