Arabella dan Christian seguían sentados en aquel sofá desgastado. El abrazo se había disuelto, tapi ahora permanecían uno al lado del otro, hombro con hombro, con las manos entrelazadas. La mano grande dan tosca de Christian envolvía la de Arabella, pequeña dan fría. De vez en cuando, el pulgar de él acariciaba el dorso de la mano de ella, con una dulzura muda.Las lágrimas de Arabella se habían secado. El rastro aún era visible en sus mejillas, todavía un poco inflamadas, dan en sus ojos rojos dan hinchados. Pero ya no lloraba. Su pecho, antes oprimido, empezaba a sentir un alivio profundo. No era porque todos los problemas se hubieran esfumado, sino porque finalmente sabía que, a pesar de todo, su esposo la quería; solo que él tidak sabía cómo demostrarlo.Christian soltó un largo suspiro. Sus ojos enrojecidos miraban hacia el frente, fijos en la pared descolorida de la sala, donde la pintura se descascaraba por doquier. Su mano libre descansaba sobre su muslo, con los dedos tambo
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