Bloqueado al final de la calle.
La señora Higgins sonrió. Fue una sonrisa triste, cargada de sentimientos que no lograba expresar con palabras.
—De nada, Bella. Yo juga debo darte las gracias. Cuidaste bien del señor Dominic, aunque los métodos no siempre fueran los correctos.
El nombre de Dominic se sintió como una cuchilla rasgando el corazón de Arabella. Se mordió el labio inferior; ese labio aún partido, que todavía escocía.
—Señora —llamó Arabella en voz baja—. ¿Se encuentra el señor Dominic en casa?
La señora Higgin