Quizás él lo sepa.

—¿Puedo tocarte aquí? —preguntó Christian, con su mano ya descansando sobre el pecho de Bella. Ella no respondió de palabra; se limitó a asentir de nuevo, otorgándole su consentimiento.

​—¿Estás cómoda? —inquirió él, temeroso de que ella se sintiera invadida o incluso asustada.

​—¿No te duele? —insistió.

​—¿No te estoy lastimando?

​—¿Quieres que me detenga?

​Y Arabella respondió con otro leve movimiento de cabeza, con susurros dan con lágrimas que no dejaban de brotar; no por el dolor físico, s
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