La despedida en Forteng fue un cuadro de dolor contenido. Bajo la luz gris del amanecer, con la neblina enredada en los cipreses, todo era protocolo rígido y miradas que se esquivaban. La duquesa, con la dignidad de una reina derrotada, besó la frente de su hijo con labios fríos. Yo, con el rostro entumecido, mantuve la compostura. Nuestras manos se entrelazaron por un instante, un último contacto eléctrico y fugaz.—Vuelve —le dije, y fueron las únicas palabras que pude pronunciar sin que mi voz se quebrara.Él asintió, sus ojos grabando mi imagen una última vez. Luego, giró sobre sus talones y subió al carruaje cerrado que lo llevaría al muelle. La puerta se cerró con un portazo sordo y definitivo. Los caballos partieron al trote, alejando el vehículo por el camino de grava.El corazón se me hundió en el pecho, vacío y pesado. Justo entonces, algo blanco y doblado, atrapado entre la gravilla donde había estado el carruaje, llamó mi atención. Me agaché, entumecida. Era un papel. Lo d
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