Ya había pasado dos semana desde que mi tía me dejó salir. Todo funcionó tal como Harry lo había predicho. El Príncipe Esteban se presentó puntual al mediodía, con escolta y todo, y mi tía, que no podía negarse a semejante honor, tuvo que recibirlo con los brazos abiertos. Las explicaciones del príncipe, los regalos de Harry, y sobre todo, la certeza de que su sobrina no era una descarada sino una heroína a los ojos de la corona, ablandaron incluso el corazón de granito de mi tía Ágata.—Bien —había dicho ella, después de la visita, con ese tono suyo que no admitía réplica—. Puedes ver a tu duque. Pero bajo supervisión. Y en la sala. Y con la puerta abierta.Harry, el muy insolente, se había inclinado en una reverencia y había dicho:—Por supuesto, señora. Su palabra es ley.Mi tía no supo si reírse o golpearlo con su abanico. Ahora, dos semana después de mi liberación, estábamos inmersos en los últimos detalles de la boda. No me podía creer que dentro de unos días sería, oficialment
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