El regreso a la mansión fue tenso. Mi tía, con el rostro pálido y los labios apretados, no dijo una palabra hasta que traspasamos la puerta principal.—¡Es indignante! —estalló finalmente, golpeando con furia el bastón contra el suelo de mármol—. ¿Quién se creen que son para poner en duda nuestro honor? ¡Y ese patán que osó tocarte...! Esto no quedará así.—Tía, por favor, cálmate —supliqué.—¡No me calmaré! —exclamó, pero al ver mi expresión, su rostro se suavizó—. Sube a descansar, querida. Hablaremos de esto más tarde.Una vez en mi habitación, me dejé caer en la cama. Pero no estaba triste. Estaba ilusionada. Recordaba la noche anterior, sus manos, sus labios, sus palabras. Te amo. Espérame.En ese momento, llamaron suavemente a la puerta. Era Elena, con dos sobres en una bandeja de plata. Ambos llevaban el sello real. Mis manos temblaron al tomarlos.El primero era de Eric. Su letra, inconfundible, trazaba palabras cargadas de emoción:"Mi amada Evangeline,No ha pasado ni un día
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