El carruaje avanzaba lentamente por el camino empedrado, cada sacudida resonando como un latido más de mi corazón herido. Mi tía permanecía en silencio a mi lado, pero su mirada pesaba más que cualquier regaño. Sabía que había percibido la tormenta emocional que intentaba contener detrás de mi máscara de tranquilidad.
—Evangeline —dijo por fin, cuando la mansión apareció a lo lejos—, hay cosas en la vida que duelen, pero no nos matan. Y lo que no nos mata...
—...nos hace más fuertes —terminé la